El bosque de los ausentes
Por causa de un error de aquellos, uno de aquellos errores sin más transcendencia que unas horas de retraso ó tal vez una pérdida insustancial, ó quizás un secreto desvelado, una hoja de papel doblada a la mitad, encerrada en un sobre, terminó en el cajetín equivocado de un bloque de pisos. El funcionario de correos, quien sabe el por qué, había repartido la correspondencia del día confundiendo el buzón donde introdujo la carta.
Ellos eran novios desde hacía tiempo.
Cuando alguien abrió el buzón y sacó la carta, al leer la dirección del destinatario, su primera reacción instintiva fue depositarla nuevamente en la ranura adyacente a su cajetín, pero un impulso mórbido muy fuerte detuvo el movimiento en el último segundo y la carta no cayó.
Mientras el vapor fluía sobre el sobre, la mente de aquella niña casi mujer, volaba en divagaciones superfluas sobre ética, sobre moralidad, sobre las cosas que están bien y las que están mal, sobre culpas, sobre delitos, sobre violaciones, sobre incluso también, sobre pecado.
Sobre la inviolabilidad de la correspondencia ajena y el castigo ante tamaño crimen de aviesa autoría, pero también se concedía disculpas, perdones, indultos, exculpaciones, excusas mil ante mentirijillas piadosas vehementemente inventadas, pensando en aquella otra misiva suya, de su padre, también de contenido insustancial e intranscendente y que apareció abierta no hacía mucho en su propio buzón. ¿Quién habría sido el Hijo de su Madre que se atrevió a abrirla?
Bueno, al fin y al cabo se la habían devuelto.
Más el poder del misterio, del secreto, del marujeo, del gozoso placer del conocimiento de acontecimientos ajenos, del cotilleo, se imponía por encima de cualquier razonamiento jurídicamente legalista y era más fuerte, sobre todo, estando amparado por el anonimato, por el más impune anonimato, no era mas que una falta, un desliz.
Cuando el vapor hubo hecho su efecto, el pegamento del sobre dejó de actuar y unos dedos no muy hábiles despegaron con fatal maestría los labios del sobre no sin dejar rastros inequívocos de su huella.
Estaba escrita con tinta negra, letra inclinada a la derecha y parcialmente ilegible. Su contenido era insípido, nada poético, ni morboso ni excitante, ni sensual siquiera, sólo era destacable una queja: ! Estoy pasando un verano de Mierda ! .
Los deseos de conocer se convirtieron en culpabilidad cuando no revelaron nada extraordinario, ni palabras de amor, ni palabras bonitas, ni palabras de deseo, todo era un relato de unas vacaciones feas, de picaduras de abeja y de quemaduras de sol.
! El gozo en un pozo !
Un poco de pegamento devolvió, bien que mal, el aspecto normal a la carta, que al día siguiente, con sigilo, nocturnidad y alevosía fue depositada en el buzón de su dueño.
Él gustaba de sentarse a la sombra, leyendo algún que otro libro, el periódico de los domingos ó sacando a pasear su minina felina mascota.
Y se casaron, tiempo ha, y nacieron dos niñas y un día él se fue para siempre, sin despedirse siquiera.
Fue un once de marzo de 2004 en Madrid, en un tren.
Y su alma se cobijó durante unos días en un árbol en el bosque de los ausentes, hasta que una mano también hizo desaparecer ese bosque.
Ellos eran novios desde hacía tiempo.
Cuando alguien abrió el buzón y sacó la carta, al leer la dirección del destinatario, su primera reacción instintiva fue depositarla nuevamente en la ranura adyacente a su cajetín, pero un impulso mórbido muy fuerte detuvo el movimiento en el último segundo y la carta no cayó.
Mientras el vapor fluía sobre el sobre, la mente de aquella niña casi mujer, volaba en divagaciones superfluas sobre ética, sobre moralidad, sobre las cosas que están bien y las que están mal, sobre culpas, sobre delitos, sobre violaciones, sobre incluso también, sobre pecado.
Sobre la inviolabilidad de la correspondencia ajena y el castigo ante tamaño crimen de aviesa autoría, pero también se concedía disculpas, perdones, indultos, exculpaciones, excusas mil ante mentirijillas piadosas vehementemente inventadas, pensando en aquella otra misiva suya, de su padre, también de contenido insustancial e intranscendente y que apareció abierta no hacía mucho en su propio buzón. ¿Quién habría sido el Hijo de su Madre que se atrevió a abrirla?
Bueno, al fin y al cabo se la habían devuelto.
Más el poder del misterio, del secreto, del marujeo, del gozoso placer del conocimiento de acontecimientos ajenos, del cotilleo, se imponía por encima de cualquier razonamiento jurídicamente legalista y era más fuerte, sobre todo, estando amparado por el anonimato, por el más impune anonimato, no era mas que una falta, un desliz.
Cuando el vapor hubo hecho su efecto, el pegamento del sobre dejó de actuar y unos dedos no muy hábiles despegaron con fatal maestría los labios del sobre no sin dejar rastros inequívocos de su huella.
Estaba escrita con tinta negra, letra inclinada a la derecha y parcialmente ilegible. Su contenido era insípido, nada poético, ni morboso ni excitante, ni sensual siquiera, sólo era destacable una queja: ! Estoy pasando un verano de Mierda ! .
Los deseos de conocer se convirtieron en culpabilidad cuando no revelaron nada extraordinario, ni palabras de amor, ni palabras bonitas, ni palabras de deseo, todo era un relato de unas vacaciones feas, de picaduras de abeja y de quemaduras de sol.
! El gozo en un pozo !
Un poco de pegamento devolvió, bien que mal, el aspecto normal a la carta, que al día siguiente, con sigilo, nocturnidad y alevosía fue depositada en el buzón de su dueño.
Él gustaba de sentarse a la sombra, leyendo algún que otro libro, el periódico de los domingos ó sacando a pasear su minina felina mascota.
Y se casaron, tiempo ha, y nacieron dos niñas y un día él se fue para siempre, sin despedirse siquiera.
Fue un once de marzo de 2004 en Madrid, en un tren.
Y su alma se cobijó durante unos días en un árbol en el bosque de los ausentes, hasta que una mano también hizo desaparecer ese bosque.
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